Se le fue la mano: Gustavo Petro está pateando el tablero

Gustavo Petro está jugado. Los candidatos de izquierda por lo general cuentan con dos alternativas cuando sienten que tienen posibilidades de llegar al poder: 1) moderar su discurso para captar el centro o 2) radicalizarse para exacerbar la inconformidad social y ampliar su base. El exalcalde definitivamente optó por la segunda.

La semana pasada, en una entrevista con La W, destapó las cartas de esta nueva apuesta. Denunció a Iván Duque como un gobernante ilegítimo, quien por cuenta de la Neñepolítica habría sido elegido por el narcotráfico. Con base en esta premisa, llamó a los colombianos a la desobediencia civil, manifestada en dos formas: no enviar a sus hijos a los colegios cuando abran y no pagar los servicios públicos. 

En Colombia no hay antecedentes de algo tan radical e irresponsable. La financiación de la campaña de Duque está cuestionada. Pero decir que es un presidente elegido por el narcotráfico es un exabrupto. La oposición en todos los países exagera y desinforma. Ha sido parte de una dinámica política polarizante y maniquea exacerbada con la llegada de las redes sociales, y se presenta tanto en la derecha como en la izquierda. Sin embargo, una cosa es criticar o ‘dar palo’ y otra muy distinta destruir. Y Petro cruzó esa línea. Los candidatos de izquierda que han triunfado en el mundo en las últimas décadas nunca llegaron tan lejos. Por lo general su estrategia es apelar al pueblo con populismo para cautivar votos, pero simultáneamente enviar mensajes de tranquilidad al empresariado. El propósito es evitar un pánico en el sector privado que puede producir una estampida de la inversión y una parálisis total de la economía.

A Petro no parece preocuparle eso. Simplemente está pateando el tablero. Cuando alguien propone no enviar a los niños al colegio y no pagar los servicios públicos está quemando las naves. Lo de los colegios sería absurdo en circunstancias normales, aunque en época del coronavirus puede discutirse por razones de salud. Pero pedirle a los ciudadanos no pagar los servicios públicos es una actitud tan populista como irresponsable. Propuestas de esa naturaleza, que aparentemente benefician al pueblo, en realidad lo perjudican. Todos los colombianos terminarán por pagar cualquier medida que aumente el enorme hueco financiero creado por el coronavirus. Si no pagan los servicios públicos, estas empresas quebrarán y los primeros afectados serán los ciudadanos con una mala calidad en los servicios de luz y agua. El llamado de Petro perjudicaría a los más vulnerables, en especial en las regiones más apartadas, al impactar los servicios básicos.

Por otra parte, la fórmula del exalcalde es incoherente, pues no depende del Gobierno central, cuya legitimidad Petro no reconoce, sino de los alcaldes, que nada tienen que ver con Duque. Si toma fuerza ese llamado al boicot, las arcas departamentales y municipales entrarían en zozobra.

Gustavo Petro sabe perfectamente que su patada al tablero escandaliza, pero confía en que ese llamado a la desobediencia civil coincida con el estado de ánimo del país. Con el desempleo en 21,5 por ciento, la pobreza en aumento por la cuarentena y las empresas en quiebra, él ve en la actual coyuntura un caldo de cultivo para una insurrección, por lo menos electoral. Es un jugador en el casino y puso todas sus fichas en un solo número.

Así las cosas, el país está en la antesala de una campaña presidencial muy turbulenta.

Nadie sabe en qué va a parar todo esto. Ghandi, frente a la opresión del colonialismo inglés, creó originalmente la figura de la desobediencia civil. Pero Petro está aplicando una modalidad que es más neopopulismo chavista. Y eso que el comandante de la revolución bolivariana tuvo la precaución de mostrarse como un demócrata rebelde durante la campaña y solo sacar las garras de su talante autoritario una vez en el poder. En una entrevista que circula por estos días en YouTube aparece un joven y esbelto Chávez vestido de civil, que le dice a su interlocutor, Jorge Ramos de Univision, frases como: “Estoy dispuesto a entregar el poder en cinco años o incluso antes”, “los medios de comunicación deben seguir siendo privados”, o “no vamos a nacionalizar nada”.

Petro definitivamente no está en eso. Está sacando las garras desde ahora, sin preocuparse por las implicaciones de sus palabras. Pedirle al pueblo no pagar los servicios públicos significa sabotear la estabilidad fiscal del país. Está claro que se está radicalizando cada vez más y que le está jugando a esa estrategia para llegar a la presidencia en 2022. Así las cosas, el país está en la antesala de una campaña presidencial muy turbulenta.

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